Guillermo Arriaza
Guillermo
Arriaza

Tras vivir 10 años en Madrid y haber pasado por algunas agencias de publicidad como creativo, aprendí -y no dejo de aprenderlo- que la vida es un cambio y una transformación constante y que todo lo que te sucede, de la cosa más pequeña a la más trascendental, te prepara para el siguiente salto que tienes que dar.

En mi opinión, el punto es -precisamente- saltar con creatividad. Así caí en el Yoga, tras varios saltos entre Madrid, Milán y Barcelona, como publicista, como fotógrafo, como diseñador.

En realidad abrí los ojos al Yoga por primera vez tomando fotografías, observando el ‘movimiento estático’ de los yoguis y yoguinis en cada una de las instantáneas. Y aquella armonía que se podía apreciar, me gustó. Definitivamente cada uno llega a la esterilla de una manera muy distinta. En mi caso, por los ojos.

Después llegaron los libros -¡benditos libros!-, las conversaciones, las historias, los intentos y, finalmente, cuando los astros se dispusieron a alinearse, la práctica.

Al fin y al cabo el mejor regalo que puede ofrecerte el Yoga es la práctica. Y no sólo la que realizas sobre la esterilla, sino la práctica de esa conciencia en tu vida cotidiana. Te das cuenta de esto mientras tomas un café en un precioso día de sol y comienzas a ser consciente que te lo estás perdiendo aquí y ahora porque estás enganchado a tu móvil. Cambio de chip.

Lo que más me gusta es que aquí no hay trucos publicitarios. Esto es la vida y la vida es una práctica nueva todos los días.

Guillermo Arriaza
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