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Lunes 15 de noviembre de 2004. Me desperté muy temprano, no había podido dormir bien y al levantarme de la cama sentí mi vientre muy hinchado. Acudí al servicio de urgencias y durante los siguientes dos días visité a tres oncólogos que llegaron a la misma conclusión: Tienes un tumor enorme, un alien. Si tu padre es médico vete a tu país, lo mejor que puedes hacer es estar rodeada de tu familia’. Así fue como el eje de mi vida cambió.

Rumbo a Quito sentía que mis sueños se escapaban y volaban mucho más alto que aquel avión en el que viajaba. Había perdido completamente contacto con el centro de gravedad de la tierra.

El sábado a las 7am entré en el quirófano. Afortunadamente el diagnóstico fue más favorable que el pronóstico. Después de la cirugía tuve que someterme a un tratamiento de quimioterapia que me provocó estragos muy fuertes. Sobre todo, entumecimiento de las articulaciones, dolores musculares, indigestión, etc., además de la caída del cabello e hinchazón por la cortisona.

Curiosamente esta imagen de enferma de cáncer se superpuso al resto de mi identidad. Lo percibía en la mirada de la gente, en la forma en la que me trataban. Había dejado de ser Adriana y me había convertido en “cáncer”.

Mi perspectiva del cáncer cambió al descubrir el Yoga

Fue entonces cuando por primera vez asistí a una clase de Hatha Yoga. Volví a respirar profundo y así me conecté con el presente. Al presionar con mis pies en la esterilla re-establecí el contacto con la tierra, los estiramientos redujeron el dolor muscular y de las articulaciones, mi digestión mejoró notablemente. Poco a poco mi cuerpo dejó de ser la prisión que me estaba quitando la vida. Se convirtió en un testimonio de transformación, de disfrute y de esperanza.

Durante la práctica entablé un diálogo con el miedo profundo a la muerte que me corroía por dentro. Comprendí que si tenía que convivir con él, era mejor hacerlo en armonía. Recobré el coraje para mirar a los ojos a mi madre, a mi familia y a mis amigos, sonreír y recordarles que como bien decía una amiga “lo único que tiene que hacer uno en esta vida es morirse, el resto es opcional”. Entonces el miedo ya no era tan grande, las cosas cobraron su justa medida. Volví a ser yo, mi vida volvió a tener sentido, mucho más sentido.

Entre la silenciosa enfermedad que es el cáncer y el ruido ensordecedor que te invade cuando lo tienes dentro, el yoga fue un oasis de luz y de encuentro. La esterilla sigue siendo el tronco que me salva en medio del remolino. La barca sobre la cual navego a través del tiempo o la alfombra en la que planeo para observarme y observar el mundo. Un pequeño territorio, un lugar en cualquier parte, desde el cual día a día saludar, amar y honrar la vida.


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adriana jarrin

Escrito por ADRIANA JARRÍN

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